Ante todo, se encarga de reconciliar antiguas tradiciones que estuvieron que ser separadas, sobre todo entre el siglo dieciocho y veinte. Le comunica a muchos, mediante la búsqueda en paralelo de la consciencia expandida, que la esencia de la vida no es el consumo, que esa circunstancia apenas es una capa o un reflejo.
Transitoriedad del alma
En consecuencia, Harrison empieza a narrar en su obra el concepto de la transitoriedad de los diferentes estados del alma en el hinduismo, la permanente inpermanencia, dejando plasmado, tanto en una canción como en un álbum triple, que “Todas las cosas están destinadas a pasar” (All things must pass). “El amanecer no dura toda la mañana, ni los nubarrones van a durar todo el día porque siempre hay amor debajo de eso, no siempre va a ser gris”. Porque, para él, nada está destinado a durar
En el esplendor creativo, y luego la separación de los Beatles, se siente parte de la catástrofe humanitaria que sucedía en lo que hoy se conoce como la República de Bangladesh (Paquistán oriental). Tras el millón de muertos que costaría separar la India se había formado el estado musulmán de Paquistán (El país de los puros), fundacionalmente religioso y dividido entre el extremo occidental y oriental. Este último trata de separarse al ser considerado un Paquistán muy inmerso en el hinduismo, por lo cual acaba cercado por hambre, detonando una tragedia inminente que lo desangraba. “Mi amigo vino a mí, con tristeza en sus ojos. Me dijo que necesitaba ayuda antes de que su país muriera. Aunque yo no podía sentir su dolor, sabía que tenía que intentarlo, ahora les pido a ustedes para que nos ayuden a salvar vidas”.
Es ahí cuando Ravi Shankar se acerca a Harrison para pedirle apoyo porque su pueblo, Bangladesh, está muriendo. Juntos organizan un concierto gigantesco, no sólo por la calidad de los músicos que alunizaron en el Madison Square Garden de Nueva York, sino por los más de 40 mil asistentes que se congregaron ese 1 de agosto de 1971.
Bob Dylan, Eric Clapton, Leon Russell y Billy Preston, entre otros, convocaron para proteger.
La dulzura de su música se percibe en varios niveles. Se palpa en la idea maravillosa de poner el rock y el arte al servicio de causas humanitarias, porque para él todas las formas de vida están juntas. Reconociendo su espíritu se ocupó del sentido universal del alma. De ahí que nunca le haya interesado ser famoso. Suficiente espectro de la fama había contemplado siendo un Beatle. No. El dolor humano le era propio y su condición de músico debía aportar en algo para aliviar el sufrimiento.
Mirada cósmica
Porque gracias a su curiosidad volcada a una apertura mental se formaron nuevos concilios entre el mundo occidental y el oriental. De allí emerge toda la nueva era, la relación inmanente entre cuerpo y alma, las terapias con aromas, el yoga, el budismo zen, la herencia árabe de los sufís, grandeza del cosmos que involucra inevitablemente a la razón y a la ciencia, sí, pero apenas como dos canales, de los múltiples que existen, para interpretar la realidad.
George murió un jueves. Hacía frío y noviembre. Había llegado con sus 58 años al 2001 y la muerte lo sorprendió tranquilo, sereno, en una de las propiedades de su amigo Paul McCartney en Los Ángeles, Estados Unidos. Un cáncer de pulmón, que hizo metástasis en su cerebro, fue el anunciante de que debía continuar en el camino de la transmigración de las almas, su avatar debía culminar y quizá por eso sus familiares dijeron que “abandonó este mundo como vivió: consciente de Dios, sin miedo a la muerte y en paz, rodeado de su familia y amigos”.
Como testimonio de sus búsquedas espirituales nos queda una nueva mirada en el oficio de componer desde una perspectiva que hermana culturas y que crea sincretismos entre el cosmo y lo divino, entre la ciencia y las emociones, entre la fantasía y las herencias culturales que van más allá de lo histórico, sentimientos que rebasan a los recuerdos.
Andrés Pinzón Sinuco @asinuco
Fuente: http://www.eluniversal.com.co
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